Alemania andan revueltos estos días con “el escándalo de las mascarillas”. Al parecer, dos parlamentarios decidieron que no ganaban bastante, que podía ser más, y la ocasión se presentó, vaya por Dios, coincidiendo con lo peor de la pandemia y cuando muchos ciudadanos se habían vuelto, de repente, más pobres. Inoportuna coincidencia.

Mientras luchábamos por comprar un par de mascarillas, pagándolas como alta costura, o intentábamos confeccionarlas, aguja en mano frente a YouTube, ellos cobraron comisiones por facilitar miles de mascarillas a determinadas empresas. El negocio es el negocio, también en pandemia.

Para echar sal a la herida, qué mala suerte, les pillan justo en un año electoral en Alemania y ambos pertenecen a partidos en el poder. Son parte de la tripulación que lleva el timón del barco cuando nos enfrentamos a las olas más peligrosas de los últimos setenta años.

Quizás les llegó la anotación bancaria al móvil (+250.000 EUR) mientras tenían la televisión de fondo en su despacho oficial, Merkel hablando ante los otros parlamentarios unos pasillos más allá, diciendo que cualquier cifra de muertos por covid19 era una cifra demasiado alta. A lo mejor escribían un mensaje con la palabra “recibido” instantes después de que el primer ministro bávaro pidiese paciencia, solidaridad, unión.

¿En qué estaban pensando estos dos políticos cuando, no sé, en mayo pasado, con -imaginemos- un iPod en el oído, el móvil brillando sobre el muslo, sentados atrás en su Mercedes negro de ventanillas ahumadas, en una nube de aftershave francés, cuero, omnipotencia y usura, su mascarilla con los colores de la bandera colgando de una oreja, dicen “sí, te las puedo conseguir”?

Y con eso quieren decir sí, voy a sacar beneficio de esta pandemia. Sí, me importáis un comino, los que me votáis y los que no. Sí, me vendo. Sí, chupo sangre.

Aunque en las historias sencillas suele verse un cruce, ese camino estrecho más verde por el que Caperucita se desvía, ese par de coletazos ondulados que da el pez Nemo antes de perderse en el gran azul, en las narraciones más complejas, las que más se parecen a la vida real, no hay un punto de inflexión. Hay muchos. Cada uno te aparta un poco más de tu camino original hasta que te sientas a la mesa con el lobo y acabas brindando con él.

¿Se llevaban tiza de la pizarra Georg y Nikolas a escondidas para pintarrajear en el patio del colegio? ¿Tiraban de la chocolatina que asomaba de la mochila del compañero en el guardarropa? ¿O el umbral ético se hundió más tarde? A lo mejor la primera vez fue aprovechando un descuido en el bolso de la madre, unos marcos extra para la cerveza y el tabaco del fin de semana. Quién va a notar si nos quedamos con este fajo del dinero recaudado para el viaje de final del curso.

Como becarios, ¿se llevaban papel y bolígrafos del bufé de abogados? ¿Invitaban a comer a amigos y pasaban la factura al partido? Quizás para impresionar a sus parejas alguna vez las colaron en hoteles o las incluyeron en pasajes oficiales.

De alguna forma hay que bajar, peldaño a peldaño, la escalera hacia esas alcantarillas donde flotas entre basura y ya no te das cuenta.

Ahora Georg está, me lo voy a imaginar así, dándole vueltas al menú arriba y abajo en el portátil. Finge que trabaja y se escribe emails a sí mismo para no involucrarse en las discusiones familiares. Nikolas ha aparecido dos veces por la sede del partido, pero entre las mascarillas y la distancia social, tiene la sensación de que nadie le saluda. No sale de casa y ha empezado su quinta serie esta semana de Netflix.

Me los quiero imaginar así, solos, ansiosos, anquilosados, con el cerrojo echado por fuera porque estos comportamientos son la plaga que extingue la confianza política. La clase media -tronco de la democracia- deja de votar, el alma de la madera se pudre y las termitas de los extremos comienzan a devorar irremediablemente el corazón del árbol.


**Este artículo apareció en ViceVersa Magazine en marzo 2021. Puedes encontrarlo aquí.