EL FOTÓGRAFO DE LA BRECHA


Un águila extiende sus alas sobre las cumbres ásperas y casi te roza. Un perro muestra fauces de lobo sobre el pueblo dormido. Restos de hielo milenario tejen hebras plateadas sobre la lava seca. Son las fotos de más de cuarenta años de trabajo de Ragnar Axelsson en la región ártica.

Es una mañana fría de un febrero que quiere ser pos-pandémico en Múnich. Las entradas para la exposición de Axelsson en la sala del Consorcio de Seguros se agotan con rapidez y la gente hace cola para entrar en el primer turno de la exposición “Dónde el mundo se derrite”.

En los tornos se escanea la entrada y el código de vacunación. Las mascarillas son obligatorias.

La gente no se acoquina. Localizo algún turista, una pareja joven, un hombre con una mochila de fotografía a la espalda, un grupo de madres describiendo los trineos y las huellas de oso polar, mayores que se ponen al día entre foto y foto, “tanto tiempo sin vernos”. Axelsson denuncia el impacto del cambio climático en la vida de las gentes del Ártico (Islandia, Siberia y Groenlandia) y este es un tema que ya nos impacta a todos.

Perros encadenados duermen a la intemperie durante una tormenta polar. Un glaciar derritiéndose crea un escenario de ‘Juego de Tronos’, el arco gigante de hielo negro como el arbotante vestigio de una catedral lejana. Un cazador arrastra su foca hacia casa.

Soy fan de la fotografía. Valoro las imágenes como tajadas de ámbar donde somos capaces de preservar lo que fluye, auténticos atajos a través del tiempo y el espacio. Mis amigos fotógrafos saben que los considero artistas. Brujos, a algunos. Cuando tengo ocasión, no miro las fotografías, las contemplo.

Nunca hasta ahora había visto la nieve, el frío y sus gentes fotografiados de esta manera. Un territorio de hielo donde, como en el desierto, las fronteras están solo en las cabezas, solo a miles de kilómetros.

Las fotos de Axelsson llaman la atención sobre lo que estamos destruyendo, lo que se nos escapa para siempre. Pero lo hace de una forma contundente, sin alharacas, ni voces. Se percibe cierta nostalgia y es evidente la necesidad de actuar, pero no hay órdenes, ni amenazas.

En las vitrinas centrales se exhiben fotos en papel, en blanco y negro y en color, esparcidas en aparente desorden sobre una Laica antigua, sobre álbumes y cuadernos de notas. Un Axelsson niño se esconde tras una caja de madera para fotografiar sin asustar a los animales. Un Axelsson joven se mete en el agua helada. Un Axelsson maduro explica el mapa de su obra, el extremo norte del mundo habitable.

En 1936 los poetas W.H. Auden y Louis MacNeice (entre mis favoritos) visitan Islandia para escribir un libro de viajes*. Aunque acaban redactando un diario de pre-guerra, con menciones a Franco y a Hitler, la idea de una naturaleza remitente no aparece en sus trescientas páginas.

Documentan que en Islandia hay 44.900 caballos y 656.100 ovejas, que 23.393 personas se dedican a la pesca y 39.003 a la agricultura, que tiene una deuda de 41 millones de coronas y una riqueza de 14 millones. Pero no hay ni una línea dedicada al declive medioambiental o a las alteraciones humanas sobre el paisaje.

Al final del libro, en un testamento poético de varias páginas, a los “buenos de corazón que conocen el profundo golfo entre lo ideal y lo real y que pueden tener la tentación de rendirse” MacNeice y Auden nos desean en herencia “la capacidad de asumir la responsabilidad de la acción, la aceptación de la imperfección de lo que se pueda construir, siempre bajo la intención de actuar, perdonar y magnificar”.


*"Letters from Iceland". W.H. Auden y Louis MacNeice. Faber & Faber. London 2018.

**Instagram de Axelsson.

*** Si te gusta lo que escribo, quizás puedes comprar alguno de mis libros o difundir mi trabajo a través de las redes sociales. Gracias.