LOS ANTICUERPOS ESTÁN EN LOS LIBROS

Me acerqué al Centro de Documentación sobre el Nacionalsocialismo de Múnich, posiblemente el mejor del mundo, para visitar la exposición “Sobre la tiranía” del historiador Timothy Snyder y la ilustradora Nora Krug. Soy fan de estas intersecciones en el saber, pero me esperaba un tesoro mayor.

Snyder publicó un pequeño libro en mitad de la presidencia de Donald Trump con claves sobre cómo distinguir y frenar a un tirano. Si no lo has leído aún, estás tardando en familiarizarte con las “veinte lecciones del siglo veinte”, que Snyder lanza como veinte bengalas desde la isla del sentido común. Ya llevamos dos décadas del siglo XXI, toca leerlo antes de cometer los mismos errores.

Krug, segunda generación de alemanes después de la Segunda Guerra Mundial y residente en Estados Unidos, tiene un libro ilustrado sobre los sentimientos que, como joven viajera, le provocaba decir que era alemana y el descubrimiento de sus raíces entre los escombros de los nazis. Ahora ha ilustrado las lecciones de Snyder.

Tras enseñar el certificado de vacunación y registrarme en la recepción del centro, un edificio nuevo como un terrón de azúcar entre palacetes de corte clásico, mi primera parada fueron las taquillas para aparcar la mochila y tener las manos libres.


Hace tiempo que no puedo ver una exposición sin un boli y un papel para apretujar ideas, que a veces terminan entre los lomos del bosque de mis libros, a veces forman parte de un artículo, a veces duermen en los bolsillos.

Al salir de la sala subterránea de taquillas, rectangular y blanca como si uno se hubiera perdido en un folio, oteo las estanterías de una biblioteca al fondo del pasillo. Parece una biblioteca reverencial, quieta e impoluta, como las compuestas por índices, enciclopedias, herencias y otros libros vírgenes.

En una sociedad en la que tribus de vecinos cada vez más combativos tienden a reaccionar cada vez menos a la realidad y a la información, a menudo demasiado líquida, los libros surgen como estrella polar. Tendemos a que nuestra afiliación política determine qué información nos llega, en vez de al revés, y en esta matriz de nichos de cemento los libros se convierten a veces en vasos comunicantes. Como cuando dos hermanas que son incapaces de hablar de nada más, se intercambian títulos, viajan por las mismas páginas o coinciden en una librería. Los libros son a menudo ventanas abiertas que atraen a lectores diversos y nos permiten asomarnos a la forma de pensar de otros sin que nos vean.

La puerta de cristal está abierta y a la derecha hay una parrilla de mesas alargadas y vacías. De frente, una vitrina horizontal ilumina la pared ocre contra la que se apoya. Dentro se exponen los versos manuscritos de un político fusilado por las SS en el centro de Múnich, la ciudad que Thomas Mann llamó “la más estúpida de todas”.

Al fondo de la habitación un hombre sentado vigila la sala como un sapo al borde del estanque. Apenas le miro porque temo no estar autorizada para acceder, pero entre los libros y yo siempre hay una cuesta abajo.

De repente, allí están. Los libros más reverenciados de todos. Obras que cristalizaron el sentir de una época entre sus páginas y, en este caso, bajo sus cenizas. Se estiran como reliquias vivas, agotadas y a la vez, amenazantes. “¡Mírame! Estuviste a punto de no poder verme nunca. Yo me salvé, pero muchos cayeron. Otros como yo ardieron”.

Son primeras ediciones de “Sin novedad en el frente” (Erich María Remarque), “La curación por el espíritu” (Stephan Zweig), “Los Muertos” (Heinrich Mann), “La Pagana” (Max Mohr), “Una vez tuvimos un hijo” (Hans Fallada), “Barco Esperanza” (Robert Neumann), “Pequeño libro para los grandes” (Mascha Kaléko), entre otros. Algunos lucen intactos, otros narran con sus destrozos en la cubierta la fiereza con la que fueron escondidos.

El 10 de mayo de 1933 miles de jóvenes, alentados por el mismo ministro de Propaganda Joseph Goebbels y organizados por las ligas estudiantiles, contribuyeron a la pira de libros de “baja germanidad”, “decadencia moral” o “bolchevismo cultural” en varias ciudades alemanas. Incluida Múnich. Aquí al lado, en la redonda Plaza del Rey, entre edificios universitarios.

La lección número nueve de Snyder se titula Trata bien el idioma: evita usar las frases que todos los demás usan por defecto, intenta encontrar tus propias palabras para expresar lo que piensas, incluso si crees que es lo mismo que los demás sienten. Intenta alejarte de Internet. “Lee libros”, dice.

Snyder, uno de los historiadores vivos que más regímenes autoritarios occidentales ha estudiado advierte que, entre las claves para aniquilarlos, están los libros. Delante de mí tengo ejemplares supervivientes de una de las peores tiranías que ha vivido Europa. Aún visitaré esta exposición temporal de Snyder y Krug y regresaré más veces al centro de documentación, es una clase continua sobre la anatomía del mal. Pero no puedo evitar que en este día mi alma se quede velando la biblioteca de los libros quemados.