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LOS OBJETOS EN EL ESPEJO SON MÁS BORROSOS DE LO QUE APARENTAN

Series como The Crown, Bonn o la película Napoleón mezclan realidad y ficción y acaparan millones de espectadores (solo la primera, 73 millones según Netflix). A algunos les hace replantearse cosas que aprendieron y para muchos será la única versión de la historia en su cabeza.

Aunque estas cintas o sus libros correspondientes advierten que están basadas en hechos reales pero son ficción, es fácil imaginarse las voces, los gestos, las cocinas y los cuartos de atrás como si fueran reales. Hay muchas escenas de la historia en las que a una le gustaría haber sido una mosca en la pared para poder contemplarlas sin ser vista, y este tipo de relatos lo permiten.

Pero la línea entre hechos y ficción parece más porosa cuanto más reciente es la historia. Los protagonistas vivos tienden a protestar (los comentarios de miembros de la familia real sobre The Crown son numerosos, en general críticos).

Esto me hace preguntarme si no sería en su momento igual de porosa la frontera entre la invención y lo que hoy se considera historia probada. 

Si la historia la compone en gran parte quien la escribe, lo que ocurre con los altos cargos de la Alemania del Este en Weissensee o con Unamuno en Mientras dure la guerra es lo que habrá ocurrido para muchos, que solo se acerquen a la historia a través de ese camino. ¿Es la historia que yo tengo en la cabeza más real?

Tomo estas notas en el Café Luitpold, uno de los más antiguos de Múnich, donde los libros sobre cafés legendarios son gruesos.




Lleva casi 140 años abierto, fue el primero en disponer de terraza (desde 1930) y aún mantiene ahí las palmeras en tiestos y las sillas y las mesas rojas. 

Las columnas del interior son blancas, pareadas, con capiteles corintios con hojas como las de una piña. Los reservados quedan protegidos entre ellas y ofrecen excelentes puntos de observación. A mi lado hay una elegante pareja mayor, parece reciente, probando a besarse. En las mesas centrales dos familias de turistas con niños. Hombres de negocios, alguna cliente con chándal caro, gorras caladas, algún solitario con libro o laptop formamos el resto. Se ha perdido la hermosa cúpula interior que veo en las fotos antiguas.

En este café hubo tertulias de personas que hoy parecen de ficción, como Thomas Mann, Heinrich Mann, Brecht, Kandinsky, Lenin, Fanny zu Reventlow, TS Eliot, Einstein, Rilke o Lou Salomé. Algunas de las primeras reuniones de feministas del siglo XX ocurrieron aquí, en torno a mesas de mármol semejantes a esta. Baviera vive el cambio de siglo bajo el regente Luitpold, quien promovió las artes y la educación, favoreciendo que hasta la primera guerra mundial Múnich tuviese revistas literarias (los números de Simplicissimus se esbozaron a veces aquí), compañías de teatro, asociaciones de mujeres, sociedades científicas y los necesarios cafés para reunirse y hablar de todo ello.

La arquitectura era mucho más espectacular en el edificio original, con pabellones piramidales, cúpulas adornadas con frescos, una generosa sala de billar. Pero casi todo fue destruido por las bombas aliadas el 18 de diciembre de 1944. Bajo la nieve, los muniqueses recorrieron las ruinas del corazón de su ciudad, incluida la catedral y su querido Luitpold.





Klaus Mann, hijo de Thomas, escribe sobre este café en sus diarios. Aquí se encuentra con Adolf Hitler en 1932. “Me pareció asombrosamente feo, mucho más vulgar de lo que esperaba. Fofo y sucio y sin ningún signo de grandeza, un pequeño burgués frustrado e histérico. Fue una experiencia muy desagradable tenerlo tan cerca de mí, pero al mismo tiempo fue una especie de alivio. Porque me hizo pensar que este hombre no tenía ninguna posibilidad de conquistar Alemania. No tienes ninguna posibilidad, tonto del bigote. Dentro de cinco años, nadie recordará tu nombre". Esta escena la incluí en Líneas de Fuga.


Así recuerda la escena Klaus Mann. Y yo interpreto estas palabras, leo sus libros (escribo sobre ellos) a la luz de la historia que yo aprendí. 


El historiador E.H.Carr afirmó que hay una circulación de doble sentido entre la historia y el presente, porque lo que pasó influye en lo que hacemos, pero la actualidad también pesa sobre cómo interpretamos la historia.

Es decir, lo que ocurre no se queda preservado en el tiempo como el fósil de un dinosaurio o una diminuta araña en una eterna gota de ámbar, sino que lo reinterpretamos. ¿Una sola vez?

Uno suele marcharse de los artículos contento porque le aclaran un punto de vista.


 Lamento que con este no sea posible porque son casi todo dudas. 

Los hechos son los hechos, pero luego está la interpretación sobre los mismos. Esto me está molestando como arena en el zapato, porque como periodista he querido saber lo que pasó antes y, como escritora, lo que pasó después, una frontera que siempre me ha gustado tener clara.



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