EL TIEMPO QUE CUENTA

Este año la primavera ha llegado en metaversos a Múnich. Florecen los narcisos, los esquiadores se retiran hacia esa barbaridad que es deslizarse sobre el glaciar alpino, se llenan las terrazas de las cervecerías, reaparecen las pieles rojas en el Jardín Inglés. Pero en un universo paralelo, el de los centros de acogida de ucranianos, es aún febrero, cuando comenzó la invasión rusa.

Las fotos de navidad, el vídeo del último cumpleaños, los ‘likes’ de Instagram cristalizan en el móvil, que se ha convertido en una raíz emocional e identitaria.

Aquí el tiempo cuenta de otra manera, aunque pasa igual. Hay un abogado con cuatro hijas que se ha caído de un hotel a un Airbnb, de ahí a una casa privada de acogida y ahora duermen en un pabellón con decenas de camas de emergencia como fichas de dominó.

Hay quien ha perdido su perro, o su primer diente. Quien ha adoptado un gato, o se ha enamorado, o se ha peleado con su hermana. A quien le ha bajado la regla por primera vez, o ha dejado de teñirse el pelo. Todo desde que en febrero cerró la puerta de su casa y se subió la cremallera del anorak que lleva puesto.


	“El tiempo pasa en el exilio como en la patria. Las personas se encuentran y se pierden; tienen éxitos o fracasos, enferman, caen en ciertos vicios, sanan de nuevo o mueren; se marchitan o florecen”, escribió Klaus Mann en ‘El Volcán’ sobre el exilio alemán de los años treinta, del que formaba parte*.

El exilio es líquido. No es un limbo, ni una meta. No se trata solo de salir de Ucrania, ni de llegar a Alemania o a España. Hay que sobrevivir a la acogida, al desarraigo y a la destrucción de lo que conoces. En el exilio ocurren cosas.

Tantas que algunos de los cuatro millones de ucranianos que han dejado el país desde el inicio de la guerra han comenzado a regresar.


	“También yo soñaba con el regreso. ¡Quién no habría soñado con el regreso! Pero no se regresa nunca. Quien se escinde de la patria, lo hace para siempre... El desarrollo de la patria sigue y nosotros ya no participamos en él en absoluto. Nos hemos convertido en extranjeros”, dice uno de los personajes que vive sobre ‘El Volcán’.
	

Es habitual que los refugiados quieran volver cuando la situación en su país cambia. En 2021 ocurrió con muchos afganos desde Paquistán o los congoleses desplazados a Uganda. No es tan habitual que quieran hacerlo cuando el conflicto está al rojo vivo. En este exilio ucraniano, donde lo que cuenta es febrero, pasan cosas muy rápido.

Los que regresan prefieren el riesgo de la guerra a la vida de refugiado. Salieron arrastrados por el pánico y preparados para semanas, pero la brecha entre lo que dejaron y lo que se encuentran es mayor de lo esperado. Su móvil es la vara por la que constantemente miden esa brecha. Todo esto fui yo. Solo esto soy ahora.

Ha desaparecido la geografía de las calles y se han desarmado las constelaciones personales, pero uno allí se siente enjertado. Allí uno era muchas cosas: inquilino, maestro, hermano, amante del jazz, quisquilloso con las manzanas, generoso con el café, el del sexto que tiende la ropa sin escurrir. Aquí solo eres una: refugiado. Y aunque el destierro pueda ser el principal sentimiento, en el corazón humano siempre laten otros: ambición, deseo, miedo. Todo lo que tienes en tu móvil.

Las estadísticas -y lo que se ve por la calle- dicen que la mayor parte de los refugiados que han entrado en Alemania son mujeres y niños. Dos tercios de los niños ucranianos han salido del país, según Unicef. Hay más de cuarenta mil apuntados en los colegios públicos alemanes. La vida empuja, pasa aunque no cuente.


	A veces miro mientras sorbo un café o paso el dedo por un mapa de metro y pienso si ellos saben algo que yo no sé. Si, como dijo el gran Zweig, entre nosotros hay una especie de muro interior: a ellos ya les ha sucedido; a nosotros todavía no. Si ellos comprenden lo que cuenta y nosotros -narcisos, esquíes, cerveza, bronceador- solo lo que pasa.


*'El Volcán' de Klaus Mann fue bellamente editado por Edhasa en 2003. La obra apareció en 1939.

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