El jueves pasado salí de una reunión al otro lado de la ciudad y descubrí que el café italiano próximo al portal tenía la persiana levantada, dos mesitas pulidas fuera y la barra de los helados, toda una cordillera de colores, dispuesta para el asalto.

Me acerqué y pedí un cortado. “En taza de verdad, por favor”, especifiqué. Yo soy de una generación para la que “to take away” es la segunda opción con el café, así que me sorprendió escucharme decir esto. La chica me pasó la taza, como una vela sobre el plato, hinchada sobre la cucharita. Desde hace un par de meses, en Alemania se puede pedir comida y cafés para llevar, pero justo ese día volvían a autorizar el consumo en terraza.


	Recibí la taza con el cuidado que se recibe una cría o una joya. Los cristalitos se hundieron como una lengua blanca en el café y revolví con una cierta emoción, prestando atención al sonido. Me parecía oírlo de verdad por primera vez. El tintineo daba volteretas como una campanilla de salida. Algo parte, algo se inicia. El resto de la vida post-covid19.
	A medida que los números dictan que podemos ir abandonando las burbujas y los agujeros en los que nos hemos encercado en el último año de pandemia, recuperamos con asombro detalles de la normalidad. 

Pensé en todas las cosas que voy a vivir por “segunda primera vez”, hace tanto tiempo que no las hago y estaban tan enhebradas en la urdimbre de mi normalidad: el crujido de los besos, la textura de los abrazos, las sonrisas, la compresión de las puertas de los aviones o los trenes al cerrarse, los apretones de mano, el roce de la punta de los dedos cuando alguien me da el cambio, el perfume de otro cuando me siento a su lado en el coche, la suavidad de los rizos del pelo nuevo en la cresta de la frente de los niños ajenos.

Como para muchas otras cosas, existe una palabra en francés para esto que suena mejor, el jamais vu, que es el hermano con los brazos cubiertos de tatuajes del déjàvu. Tiene peor fama, pero es más inocente. Significa experimentar como si fuese la primera vez una situación que debería ser reconocida.

Sorbo el café poco a poco, apretando el azúcar aún sin fundir contra los dientes y saboreando el contraste entre el ácido y el dulce, cada uno realzado por la presencia del otro.

Devuelvo la taza al mostrador y emprendo el camino hacia mi bicicleta como si hubiera pasado una página o se hubiera subido un telón.

Calle abajo, siento mi reflejo en varios escaparates oscuros y trasnochados aún. Son muchos los pequeños negocios que han sucumbido y algunos también los que prefieren mantenerse cerrados hasta que se acaben las ayudas públicas. El gobierno alemán ha proporcionado subvenciones de hasta el ochenta por ciento de los ingresos probados del año anterior, además de programas de indemnización a los empleados.



En otros mi imagen es difusa porque hay gente, limpiando lunas, atendiendo a clientes o recolocando estanterías. Sacan banderines, sillas, macetas o mercancía a la acera, con un cierto aire de náufrago, “esto he rescatado”, o de conquistador, “tierra a la vista, arriad los primeros botes”.


Me detengo ante un comercio con dos grandes cristaleras, el marco descascarillado y la serigrafía rayada, que no atiende al público, pero que tiene su mercancía lo más expuesta posible. Es una tienda de alquiler de atrezo antiguo para películas y teatro: vajillas victorianas, lecheras oxidadas, bancos de carnicero, sopletes, quinqués de gas, cepillos de múltiples tamaños, espejos picados, cofias, pinzas cilíndricas de madera, cuberterías ennegrecidas, un ejército de velas y candelabros y cajas llenas de peonzas, canicas, trenecitos, ojos de animales de peluche y extremidades sueltas de muñecas.

De repente suena mi móvil. La mujer al otro lado del teléfono, una conocida a la que le gustan mis textos, quiere hablar del libro. Me propone quedar. “Espera, déjame ver el calendario”, le digo. Me alegraré de verla, es simpática. “El miércoles a las siete, ¿te viene bien? También puedo el jueves. ¿Qué plataforma prefieres? ¿Skype?”. Silencio. “Si no Skype, cualquier otra, tengo todas a estas alturas”. Silencio.

“Te paso una dirección”, dice.

Ahora soy yo la que me quedo pensando. “¿Quieres decir que quedamos en persona?”. Me veo reflejada sobre los platos con cenefas doradas, los jarrones vacíos que tiñen la luz como acuarela. “Sí, te paso la dirección de este bar. En Maxvorstadt, no está lejos de tu casa y nos vemos allí el miércoles a las siete”.

Colgué. La costa está más próxima de lo que yo creía. Ya se puede quedar, ya se puede salir, ya se puede celebrar, recuperar pieza a pieza toda la realidad anterior a la pandemia que podamos.

Valorarla. Defenderla. Volver a vivirla como si fuera la primera vez. Jamais vu.