Aprender a decir no ha sido uno de los problemas favoritos de psicólogos, mentores y asesores de auto-ayuda de los últimos años. Decir no te libera, te refuerza, te hace mejor persona. Di no a cultivar Facebook, no a esa compañera venenosa, no a hacer paella los domingos, no a las cremas anti-edad. Sin dudar de los beneficios del no (y del sí), yo creo que el nuevo reto es decir algo. Sí o no. Contestar y no cerrar la conversación con un tampón de indiferencia.




Como no ocupan ni hacen ruido, nos hemos llenado los dedos de silencios. Ni siquiera hace falta voluntad, basta con dejar caer el mensaje por la cascada del olvido, aunque haya alguien agarrado a esas líneas como a una rama frente a la corriente. Son infinitos los escritos e infografías sobre cómo decir no. Se considera un signo de madurez. Psicólogos y sociólogos creen que, por nuestro carácter social, porque instintivamente nos gusta agradar, nos cuesta redondear los labios y producir la perla negra: no. Es también una cuestión de temperatura. En la Europa más fría les cuesta menos. Los alemanes incluso tienen dos formas: el contundente “nein” y el más suave “nee”, cuando quiero contradecirte, pero de puntillas, tomando una calle lateral. Los finlandeses tienen hasta un no que es negación del sí: “no ei kyllä”, una especie de “bueno, no sí” que equivale a “definitivamente no”. Pero cada vez más se acepta la indiferencia como respuesta, el silencio como verbo. Ya no nos merecemos ni el post it en la nevera de “Sexo en Nueva York”, ahora nos dejan solo el hueco donde debía haber algún tipo de reacción. Desde que empecé a buscar prácticas como periodista hace años (llamaba desde una cabina de teléfono en el colegio mayor) estoy acostumbrada a que me digan que no. Ahora hago propuestas de artículos y manuscritos y recibo muchos ‘noes’, que entiendo y respeto: la temática, el momento, la competencia, el texto en sí. Uno siente un vértigo al deslizar los ojos por la primera frase de la respuesta, cuando la recibe, esperando el golpe contra el “pero”. Este te hace rodar de cabeza hasta el “no”. Varias veces, porque lo relees para asegurarte y ver si no te has golpeado en algún sitio. Luego hay un momento de rabia y autocuestionamiento, un sabor amargo de la decepción, como a corcho, a galleta caducada, que esperas que no contamine el resto de tu organismo, interrumpiéndote. Y más o menos, dependiendo del tamaño del no, ya está. A otra cosa. Es una respuesta: no les gusta, no quieren. No. Y a veces sí. Lo que no comprendo es el silencio. Todos sabemos que decir no suele llevar tiempo, los síes demandan menos explicaciones. Pero vale incluso un no prefabricado. Un email automático, un copia y pega educado, con las tecnologías de hoy en día, es cuestión de segundos. La diástole que eso significa para la sístole en la que se entra cuando se envía una propuesta supone que el corazón siga latiendo libre. A través del correo electrónico, desde la cultura empresarial se han trasladado a otras relaciones humanas procedimientos de transacción sin atención en aras de maximizar la operatividad y la eficacia y de perseguir sobre todo el lucro. Lo que no me lucra, no merece mi atención, mi tiempo dorado. Confundimos estar ocupados con mala educación y vulnerabilidad, con amabilidad. Pero los que trabajamos con palabras tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Leí en un tuit de un arquitecto de Vitoria-Gasteiz, Ekain Giménez Valencia (@ekain_arq) una idea fabulosa: incluir en la firma automática de cada email la frase “no contestar a las ofertas, bien sea para aceptarlas o para rechazarlas, está considerado comportamiento de mala educación”. Todo en letra gris y pequeña entre “asegúrese de la necesidad de imprimir este email antes de hacerlo” y “si usted no es el receptor de este mensaje, la reproducción o difusión de su contenido puede ser ilegal”. No te garantiza ninguna respuesta, pero se te queda mejor cuerpo. Ekain incluso sugería instaurar el silencio positivo: si no contestas, se hace. ¡Fabuloso! Me imagino una cuadrilla de arquitectos, poetas, diseñadores gráficos y de interiores, escritores, reporteros, fotógrafos, animadores, dibujantes, ilustradores, emprendedores lanzando una nube de semillas voladoras: si no las arrancas, arraigan. Además de sumarme a la propuesta de Ekain, yo estoy preparando mi propia respuesta automática. “Gracias por tu no. En este momento estamos cerrados a la recepción de noes por un exceso de propuestas. Por favor, no dejes de ponerte en contacto con nosotros en el futuro y verificar en nuestra web si hemos vuelto a abrir el plazo para la recepción de negativas”. Contesta. Di que no. O que sí.



**Una versión de este artículo apareció publicado en la revista Viceversa Magazine en abril 2021. Puedes consultarlo aquí.