'WHITE OUT'

Me encontré con mi antiguo profesor en los soportales del museo Haus der Kunst, edificio hitleriano ahora inhibido por el esponjoso Jardín Inglés, el arte transgresor que alberga y los surfistas que ocupan el canal próximo del río Isar.

“Ahora mismo ellas saben que estoy aquí. Yo no se lo he dicho, pero quizás hasta sepan que estoy con una antigua alumna”.

“Desde que ha terminado la pandemia...”. Duda. Y deja correr las patillas de unos lentes sucios por los surcos arados sobre las sienes. “Quiero decir, desde que nos dejan salir de nuevo, mis hijas quieren tenerme controlado”.

Me enseña un móvil azul impecable, como quien enseña un grillete. Toca el ojo negro y la pantalla, casi virginal, con apenas un par de apps, se despierta. “¿Tú sabes que el otro se entera de si tú has leído o no su mensaje? ¿De si estás o no online? ¡Y les parece normal!”.

A sus ochenta y cinco años, Arnold, que sobrevivió a la dictadura nazi y a los bombardeos aliados escondido en un sótano de Múnich con otros niños, no concibe que alguien pueda llamarlo en todo momento, descubrir en qué parte del Isar pasa las mañanas o, si dice que está ocupado, tiene libros atrasados que leer y no puede acudir a una comida familiar, que le pillen en una cervecería por llevar encima ese ojo que todo lo ve.

“He sobrevivido al bicho, pero no sé si voy a poder con esto”. Se refiere a la tristeza que le produce pensar cómo la sociedad cede terreno al control y a la desmemoria. “Eso es peor que el virus”.

Arnold lleva una americana que ya le queda dos tallas grande, las hombreras se arquean sobre los brazos y en los bolsos caben una cartera encorvada, un paquete de pañuelos, una libreta A6, un libro con poesías de Nelly Sachs, un par de bolis de publicidad y un periódico. Y un móvil.


	Al avanzar con pasos largos -- clavando el talón, las manos apretadas ciñendo el cuerpo—la chaqueta se abre hacia atrás como la capa de un superhéroe doméstico. 

“Los chinos acaban de cambiar su política en cuanto a la regulación sobre cuántos hijos se puede tener. Y nos parece a todos horrible, que se inmiscuyan en algo tan humano. Pero, sin embargo, nos parece ahora normal que nuestro gobierno decida a quién puedo abrazar, dónde puedo viajar, que aparezcan mascarillas en el mar o que me encierren en un hotel. Aborrecible. La resaca de esta pandemia será larga. Sentémonos aquí, te invito a beber algo”.

Pero esto es ciencia, le respondo. No es política. Es un virus. Son cifras, números, estadística, probabilidades, física, química, biología. Tú amas la historia. Fuera de esto solo está el tierraplanismo.

“Cierto. Pero las medidas científicas tienen son políticas cuando se aplican a nivel de sociedad. Y tienen que ser económicamente realizables. Solución conocida no equivale a solución factible, sobre todo si supone un cambio en la estructura de poder. ¿Crees tú que las medidas habrían sido las mismas si por cualquier razón el covid19 solo afectase a los pobres?”


	Enmarcados por la piedra ennegrecida del edificio, los árboles del parque parecen de oro y casi se les ve respirar, henchidos bajo el sol por las tormentas recientes. Bebo la limonada que me han servido y las hojitas de menta fresca me hacen cosquillas en el labio. Quiero disfrutar del estreno del verano, pero Arnold no ceja. 

“Dejar de tener hijos tiene todo el sentido desde el punto de vista del medio ambiente, somos demasiados. Nos estamos cargando el planeta y sabemos cómo frenar esta destrucción. No lo hacemos porque supone un cambio en el reparto de poder. Y si seguimos así pasaremos de la biotiranía a la ecotiranía. Tiranía o extinción. Ahí es hacia dónde vamos, con la evolución del clima y lo poco que estamos haciendo para frenarlo”.

En abril el Tribunal Constitucional alemán obligó a modificar la ley climática para aumentar los objetivos intermedios de reducción de emisiones climáticas, de forma que no se cargue el peso de la transformación sobre las generaciones futuras. Arnold ha sido militante aguerrido de varias organizaciones ecologistas desde los años sesenta.

Si no nos ponemos de acuerdo en qué son los hechos, Arnold, no nos pondremos de acuerdo en nada. Ahora no tenemos una biotiranía, es una pandemia gestionada de la mejor manera posible por gobiernos elegidos, en la mayoría de los casos, que tienen que aprender sobre la marcha.

“De acuerdo. Sin hechos, todo es blanco. No sabes lo que es suelo, lo que es nube, lo que es nieve. Estás perdido. El ‘white out’ de los alpinistas. Pero aceptar esta pantalla como realidad y memoria es entregarles la llave de lo que pienso y lo que hago. Eso es lo que me molesta. La amnesia y la decadencia del espíritu crítico que esta pandemia nos deja en herencia”.

Paga, nos levantamos, quiere llegar a casa de día, le dan miedo los ciclistas sin luces, los patinetes que zigzaguean. Se sube a la bici ágil, tan alemán, rodándola primero con un pie sobre el pedal y alzando la pierna contraria en marcha. Le observo alejarse, la capa abierta sobre la espalda arqueada, el manillar aún firme, la luz roja parpadeante como la alerta de un faro.